El febrero de 1942, en pleno domine nazi de la Segunda Guerra Mundial, dos reconocidos intelectuales europeos exiliados en el Brasil —el austríaco Stefan Zweig y el francés Georges Bernanos— han convenido un encuentro a la finca del francés a Barbacena.
Zweig, de origen judío, ha sido proscrito por los nazis, pero no se ha llegado a enfrentar nunca abiertamente. Bernanos, monárquico y católico ultra conservador, ha cambiado la admiración al fascismo por una dura condena después de ser testigo en Mallorca, al inicio la Guerra Civil española, de la violencia de los militares golpistas ambla connivènciade la iglesia.
Zweig y Bernanos, a pesar de no conocerse personalmente, comparten el humanismo y la libertad de pensamiento, si bien no siempre con afinidad atendidos sus caracteres antitéticos. Hablando de la deshumanización en tiempo de conflictos, del papel del intelectual, de los nacionalismos y el europeisme, de la uniformización y de la globalización social y cultural, se abocan a una charla tanto iluminadora como desesperanzada.
Zweig y Bernanos son dos personajes tan diferentes que inicialmente cuesta imaginar que fuera posible una conversación provechosa entre ellos dos. Ciertamente, pero, coinciden en un punto en común: la libertad de pensamiento. Zweig desde el punto de vista del humanismo cultural europeísta y Bernanos desde una conciencia individual más espiritual.