Un cuerpo en crisis. Una historia que arde por dentro.
Un mecánico es tomado desde las tripas por un locro que devoró sin concesiones. Cada cucharada desata un torbellino visceral de cueros, choclos y entripados. No hay delicadezas ni refinamientos: no hay soufflés ni finas hierbas. Hay Pampa palpitante, memoria espesa y fuego interno.
A partir de esa experiencia física y simbólica, la obra se pregunta: ¿qué movimiento de nuestra historia se repite más que las luchas intestinas? En ese ardor aparece una receta mestiza, un menjunje de naturaleza y cultura donde el cuerpo se vuelve territorio y la memoria, un campo de batalla.
La historia emerge como un manjar y, al mismo tiempo, como una pesadilla. La propia. La nuestra.
Digerirla no es fácil, pero es inevitable.
El Ardor es una experiencia intensa y visceral que atraviesa el cuerpo y la identidad, invitando al espectador a enfrentarse con aquello que quema, duele y persiste en lo más profundo de nuestra historia compartida.